Al despertar no abrió los ojos inmediatamente. Se quedó tal y como estaba, tendida de espaldas sobre lo que le parecía un mullido colchón. Notando bajo ella la blandura de los almohadones y a su alrededor el caliente edredón. Al principio no recordaba nada. No entendía que hacía ahí. Claro que tampoco sabía dónde era ahí. Poco a poco todo fue volviendo a su memoria. Ian, el coche, el monte, la conversación. Las pruebas. ¡Las pruebas ¡Ahí Dios!! Se incorporo rauda, lo que le costó un mareo, todo estaba en penumbras y al principio sus ojos no se acostumbraron, sentía la cabeza pesada, y los músculos entumecidos. En cuanto su vista se acostumbro vio que no había nadie en la habitación, que estaba sola. Estaba recostada sobre una cama de matrimonio, quitando eso la habitación no es que tuviera muchos lujos. Básicamente parecía compuesta por la cama, un armario, una silla, y estanterías. Todo estaba un poco desordenado, por reducir la sentencia. Aguzó el oído a ver que escuchaba y sus oídos solo captaron lo que parecía ser un reproductor de música. No oía ninguna voz, no había voces. Se destapó y levantó. Caminó lentamente hacia la puerta, pero no abrió inmediatamente. Apoyó el oído en la puerta y siguió escuchando, pero nada delataba donde estaba. Miró hacia todos lados, pero las persianas estaban bajadas y no podía arriesgarse a que Ian la escuchara. Prefería encararle. Saber donde estaba y que no la pillara por sorpresa. Por lo visto de verdad era un vampiro. Eso no eran efectos especiales, y no había tomado nada que le hubiera producido alucinaciones. Trago fuerte, tomo valor y abrió la puerta.
En un principio la luz le deslumbró, pero en cuanto sus ojos se acostumbraron pudo observar un salón todo lo contrario a la habitación. Tanto como una era sencilla, la otra no escatimaba en lujos. Desde las alfombras, hasta la lámpara, pasando por las estanterías, y los sillones, destacando la electrónica. Tan inmersa como estaba en la deslumbrante estancia, no reparó en un principio en el hermoso joven hasta que habló.
-La bella durmiente ha despertado-comento una voz que hizo saltar a Daph.
No era su hermano, porque debía de ser su hermano ya que no le había mentido en lo demás. La voz procedía de un sillón situado en un lado del gran salón. Cuándo se fijó, vio que era Jacob. Su tono había detonado burla y ni siquiera había levantado la vista del libro que sostenía entre ambas manos. Llevaba unos vaqueros y una ceñida camiseta negra de manga corta que se adaptaba a cada uno de sus músculos. Su rostro parecía cincelado y ciertamente era muy hermoso. Bastante más que su hermano. En ese momento recordó que a él parecían irle más las rubias que las morenas y que era un presuntuoso, mejor no cavilar sobre el grado de hermosura que encerraba su inexpresivo rostro.
-Ya creía que tendríamos que llamar a tú “príncipe” para que te despertara con un beso-prosiguió en tono de burla- claro que los sapos no suelen despertar princesas.
A Daph ese comentario no le sentó tan bien y no pudo evitar replicar.
-Qué suerte que en tal tú no pensaras besarme, ¿no crees?
Eso si arrancó una mirada fuera del libro para dirigirla hacia Daph, aunque en seguida fue devuelta a las páginas.
-¿Quién dice qué tú fueras la princesa?
-Desde luego yo no, pero es que supongo que no tenéis a muchas “bellas durmientes” en la casa. Y ahora, podrías decirme donde estoy y donde esta…
-¿Ian?-cortó él.
-¿Tienes por costumbre cortar así a la gente?
-¿Tú tienes por costumbre ser tan grosera?
Jacob había levantado la vista del libro y lo había dejado abandonado a un segundo plano tras doblar la esquina de la hoja por la que iba y al levantarse dejar el libro en el sillón. Ambos se miraban desafiantes, él desde un palmo y medio por encima de ella, lo cual la irritaba pues la hacía sentir bajita y, de alguna forma, en inferioridad.
-Puedo enseñarte mucho más de lo grosera que puedo llegar a ser, si llamas grosera a dejarte mal con verdades.
-¿Qué ves tú de verdad en llamarme sapo?
-Cierto, la verdad es que me he pasado un poco con los pobres sapos.
Ahora Jacob lanzaba una mirada amenazante, pero no conseguía intimidarla ni un poco. De repente recordó que quizá él quizá, más bien probablemente también fuera un vampiro, como Ian, pero eso no la amedrentó. Estaban muy cerca, cada vez más. No sabía porque no se alejaba y salía corriendo en dirección a la salida, pero de alguna forma, se sentía atraída por las circunstancias.
-Deberías callarte-advirtió.
-¿Por qué?-susurró-¿Te mosquea el juego? ¿O la verdad que ahí tras él,… vampiro?
-Ya veo que os lleváis muy bien.
Una voz masculina rompió el silencio en el que se habían sumido, en una especie de reto, ninguno había apartado la mirada y aun seguían sin hacerlo. Y lo más curioso de todo, es que Daphne no sentía miedo. Y supongo que debería, no dejaba de estar hablando con lo que ella bien suponía eran par de un vampiros. Ella era un ser débil e inferior comparado con ellos. O al menos eso suponía. Si de algo sabía era de vampiros, o al menos de su teoría. Y algo en lo que todos los libros que se había leído sobre el tema coincidía era en que todos, absolutamente todos los vampiros tenían fuerza sobre humana.
-No suelo tener por costumbre el comportarme de distinto modo con los acosadores.
Replico al tono sarcástico de su… bueno de Ian.
-No te estaba acosando-se defendió Jacob de la acusación.
-¿No? ¿Y cómo llamas tu a seguirme por el bosque y espiarme?
-Ni te seguí, ni te espié.
Ian veía que aquella conversación se iba a prolongar, así que decidió intervenir, pero Daphne se le adelantó.
-Lo que tú digas-el tono había dejado que no le creía aun, pero dejó el tema para encararle- ¿Y donde se supone que estoy?
-En nuestra casa-comento Jacob.
-¿Quién te ha preguntado?
-¿Y si aparcáis las armas un rato?-terció Ian.
-Estamos en nuestro piso-vio que Daph ya abría la boca para replicar, algo así como seguramente “eso no me da mucha información”-estamos en la ciudad, cuando quieras te puedes ir, pero aun tengo cosas que explicarme, y tienes que jurar que no se lo dirás a nadie.
-Primero piensa esto, ¿quién me iba a creer?
-Te sorprenderías-comento distraídamente Jacob que se había vuelto a sentar en el sillón y retomado su libro.
-Sigo sin saber quién te ha preguntado.
Volvió a cerrar el libro con un golpe seco y encaró a la chica.
-Y yo sigo sin saber qué problema tienes conmigo.
-Chicos, en serio parar ya-cortó Ian antes de que Daph volviera a responder y le acabara mosqueando de verdad.
Cuando por fin rompieron el intercambio de miradas, Daph encaró a Ian, tragó saliva, tenía la sensación de que aquello iba a ser largo y confuso.
-Vale, tengo unas cuantas preguntas, pero antes tengo que llamar a mi padre… a John.
Todavía le parecía imposible todo aquello.
Vio que eran las cinco treinta. Al parecer había dormido un buen rato. Llamó a John pero no se lo cogió, así que le dejó un mensaje diciéndole que se había quedado en la biblioteca estudiando y que llegaría tarde, pero que por supuesto estaría para cenar. Tras eso volvió al salón. Jacob había retomado su lectura en el sillón e Ian la esperaba en el sofá con la tele encendida. Cuando llegó hasta él, apagó la televisión y esperó hasta que se sentara.
-Qué prefieres: preguntar o te cuento.
-Creo que prefiero preguntar primero. No creo que fuera capaz de dejarte hablar seguido-decidió tras meditar.
-Bien, cuando quieras.
-Vale, veamos…¿Somos…soy… soy tu hermana?
-Vamos bien-comentó en un susurro Jacob, lo que le costó una gélida mirada por parte de ambos, más gélida la de ella, más exasperada la de él.
-Sí, eres mi hermana pequeña. Todo lo que sabes en referencia a tu cumpleaños es correcto.
-Bien. Entonces yo también soy un vampiro. Es decir, dijiste que nuestra familia también lo era así que debe de ser hereditario.
-Es toda una lumbreras la chica.
-Jacob, o cierras esa bocaza que tienes en la boca y te piras, pero haz como si no existieras.
-Ian, si no existo no me puedes escuchar, ¿en qué te molesto entonces?
Ian iba a contestar pero Daph le asaltó con una nueva pregunta antes de que pudiera.
-Por favor, por favor de verdad, dime que ese imbécil no es un vampiro.
Jacob levantó la vista del libro y la miró fijamente. Con un tono todo desprovisto de cualquier clase de calidez puntualizó.
-Cariño, aquí no hay ningún imbécil, así que difícilmente puede ese tal imbécil saberse vampiro.
A Daph le estaba poniendo muy nerviosa y creía que en cualquier momento se lanzaría sobre ese presuntuoso de cara bonita y le arrancaría de cuajo la garganta. Unos pensamientos muy poco comunes en ella que sabía controlar su temperamento, al menos exteriormente.
-Supongo que sí lo es.
-Supones bien-confirmó con tono presuntuoso él susodicho-al contrarío que tú, yo si lo soy.
Eso dejo a Daph totalmente descolocada. Se acordó de un libro que había leído en el que la chica para convertirse debía beber la sangre de un humano hasta la muerte, y pensó que no quería matar a nadie, ni siquiera para convertirse en lo que más había deseado cada una de las noche desde que en sus manos calló el primer libro de vampiros que leyó. Ian apenas se había movido tras eso, pero sus ojos se habían oscurecido. No como cuando le crecieron los caninos en el monte, sino de una forma… oscura. Por redundante que suene, tenían un matiz oscuro dentro de la propia oscuridad del color. Daph se quedó paralizada al observar su rostro. No podía apartar la mirada de sus ojos, pero de un modo instintivo supo que sus colmillos en este caso también habían crecido. Pero no voluntariamente. Parecía que estaba haciendo todo lo posible por no abalanzarse sobre el otro vampiro, y se cuestionó y serían tan amigos como en un primer momento pensó. Decidió que no quería ver a nadie arrancarle el cuello a nadie por una tontería como… bueno, ser un capullo. Tragó fuerte por, ¿decimosexta vez en el día? Y se armo de valor para tranquilizar a su hermano. Sin apartar la mirada de sus ojos le dijo.
-Pasa de él. No tenemos mucho tiempo y yo quiero saber mucho. Y además como vuelva a hablar quiero ser yo quien le patee el culo-ya imaginaba que Jacob iba a replicar algo sobre la diferencia de fuerza entre ambos, y seguramente eso aria que Ian se mosqueara un poquito más así que añadió, lanzándole una mirada locuaz- Seguramente le dolerá menos de lo que tú puedas darle, incluso quizá sea yo la que se haga daño, obviamente el golpe de una humana duele menos que el de un vampiro, y aun menos si el vampiro esta cabreado.
Vale, sutil lo que se dijo sutil, no fue. Pero la advertencia quedo latente en el aire.
-Bien, me callaré, pero que conste que podría…
-Sí, lo que tu digas, eres muy capaz, pero mejor shh…- le cortó Daph antes de que la ultima replica de costara que su hermano saltara a su cuello.
Supuso que acabada de cabrear al otro vampiro de esa habitación al mandarle callar con tanta chulería, pero también le acaba de salvar el culo. Más o menos.
-¿Seguimos?
-Claro-dijo Ian ahora más tranquilo y un tanto divertido con su hermana pequeña. No todos contaban con esa maestría para hacer callar a Jacob. Lo que su hermana no sabía era que él no contaba con la fuerza suficiente para hacer daño a Jacob. Bueno daño sí, pero ¿para vencerle? Le costaría dios y ayuda. Mucha ayuda.
-Aclárame eso que aquí, don yo soy perfecto, ha dejado tan claro con eso de que soy pero no soy vampiro.
La verdad es que los humos se habían relajado, e Ian se rio, con su cantarina risa, pero Jacob, digamos que no le sentó muy bien el comentario pero paso de dejar más claro aun que una humana, por más sangre vampira que tuviera le enfadaba tanto.
-Eres pero a la vez no eras un vampiro. No nacemos directamente vampiros. Es algo que se va desarrollando con los años. Es como convertirse en adulto pero con más cambios. No sé si me explico. Digamos, que llega un punto en el que el cuerpo empieza a cambiar y…
-Para explicarlo de forma más sencilla, al nacer, si tenemos herencia vampírica en el A.D.N. Se desarrolla llegado un punto en el cuerpo, digamos humano, con el que nacemos, cambia para convertirse en vampiro, y entonces, nos convertirnos en seres inmortales que necesitan sangre ajena para sobrevivir. Eso en nuestra raza obviamente.
Jacob ciertamente sabía explicarse mejor que Ian.
-¿Y tú cuántos años tienes?-pregunto curiosa Daph.
-No creo que eso sea relevante para entender nada. Al contrario que si lo es la pregunta de cuándo nos desarrollamos convirtiéndonos en vampiros. Mucho más incúmbete ciertamente.
-En tal caso, ¿cuándo no convertimos en vampiros?
Casi temía la respuesta cuando abandono sus labios. Pero no se había podido resistir.
-Depende de la persona-contesto Jacob.
-¡Oh! Qué respuesta tan concreta.
-La verdad es que es la respuesta más acertada-comento Ian.
-Bien vale, pues ¿cuándo te convertiste tú?-preguntó a Ian.
-No es tan sencillo como eso.
-Ian, explícaselo bien, sino no se enterará de nada.
-¿Y por qué no se lo explicas tú? Parece que se te da muy bien.
Se mantuvieron la mirada sin pestañear sin decir nada. Jacob parecía querer librarse de tener que explicar nada a nadie.
-Lo imaginaba-dijo Ian.
Se proponía seguir hablando cuando él le cortó.
-Como decía tu hermano, no es tan sencillo-comenzó Jacob, retando a Ian- pero tiene una explicación. Varía depende de la persona y muchas veces también de si es un chico o una chica. La transformación, por llamarla de alguna manera, siempre suele producirse después de los quince si es, muy, exageradamente muy acelerada. No es común, pero ha sucedido. La más tardía y en un solo y excepcional caso fue en un varón de cuarenta años. Pero lo normal es que se produzca entre los diecisiete, dieciocho y veintitantos. Aunque los treinta no deja de ser algo… no exactamente común, pero no extraño.
-¿Y qué rige la pauta?-preguntó intrigada Daphne.
-Nadie lo sabe con certeza. El proceso puede adelantarse si el futuro vampiro está en contacto con una gran cantidad de sangre. Por ejemplo en un accidente. Si ocurriera un accidente y el sujeto estuviera herido y débil, sus sentidos se aguzarían, y si hubiera sangre, lo más común es que el proceso se adelantara de forma que el cuerpo pudiera curarse y regenerarse, salvándose.
“Pero el proceso también se puede retrasar, por ejemplo, nutriendo en exceso el cuerpo, de manera que no necesita los nutrientes de el cuerpo de un vampiro reclama con la sangre.
“De cualquier forma, cuando se vive rodeado de vampiros, el proceso, digamos que como que se normaliza de alguna manera. A veces el proceso se adelanta como medio de defensa, podrás observar que los vampiros más antiguos, suelen ser los de apariencia más joven.
“Todo depende de las condiciones de vida de la persona. La época cambia las condiciones. Vivir entre humanos cambia las condiciones. Luchar contra ello, cambia las condiciones. Solo puedes tener la certeza de una cosa, por mucho que una persona luche contra ello, en nuestra raza solo encuentra dos soluciones: convertirse en un hijo de la noche… o quitarse la vida.