miércoles, 31 de marzo de 2010

Descarga.

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Os dejo aquí el link de descarga de un libro que os recomiendo. Da una nueva visión de los vampiros.
Titulo: Ser yo es un asco.
Autora: Kimberly Pauley.
Editorial:Versatil.




Padres vampiros, normalmente diriamos, ¡eh, que chulo! Sí supongo que lo sería si no fuera por que sus padres son como los de todo el mundo. Ser vampiro aquí no te hace ser más hermoso o más fuerte, simplemente te abliga a proteger tus ojos de la luz solar y ponerse crema solar en exceso. No basta con el instituto para que ademas te obligen a ir a clases vampiras. ¿Qué para qué? Pues para nada menos que para decidir si quieres ser vampiro, una decisión que debe de tomar en apenas un mes. Parece que los chicos guapos ponen muy nerviosa a la protagonista de esta historia, que bajo ningún concepto, y digo ninguno, quiere que leais esta historia. Al fin y al cabo aquí estan todos sus secretos estan aqui. Pero, ¿qué iba a hacer? Cuando una chica no puede contarle sus secretos a sus mejor amiga, se los cuenta su diario... Shh.

martes, 30 de marzo de 2010

Capitulo 9

Al despertar no abrió los ojos inmediatamente. Se quedó tal y como estaba, tendida de espaldas sobre lo que le parecía un mullido colchón. Notando bajo ella la blandura de los almohadones y a su alrededor el caliente edredón. Al principio no recordaba nada. No entendía que hacía ahí. Claro que tampoco sabía dónde era ahí. Poco a poco todo fue volviendo a su memoria. Ian, el coche, el monte, la conversación. Las pruebas. ¡Las pruebas ¡Ahí Dios!! Se incorporo rauda, lo que le costó un mareo, todo estaba en penumbras y al principio sus ojos no se acostumbraron, sentía la cabeza pesada, y los músculos entumecidos. En cuanto su vista se acostumbro vio que no había nadie en la habitación, que estaba sola. Estaba recostada sobre una cama de matrimonio, quitando eso la habitación no es que tuviera muchos lujos. Básicamente parecía compuesta por la cama, un armario, una silla, y estanterías. Todo estaba un poco desordenado, por reducir la sentencia. Aguzó el oído a ver que escuchaba y sus oídos solo captaron lo que parecía ser un reproductor de música. No oía ninguna voz, no había voces. Se destapó y levantó. Caminó lentamente hacia la puerta, pero no abrió inmediatamente. Apoyó el oído en la puerta y siguió escuchando, pero nada delataba donde estaba. Miró hacia todos lados, pero las persianas estaban bajadas y no podía arriesgarse a que Ian la escuchara. Prefería encararle. Saber donde estaba y que no la pillara por sorpresa. Por lo visto de verdad era un vampiro. Eso no eran efectos especiales, y no había tomado nada que le hubiera producido alucinaciones. Trago fuerte, tomo valor y abrió la puerta.
En un principio la luz le deslumbró, pero en cuanto sus ojos se acostumbraron pudo observar un salón todo lo contrario a la habitación. Tanto como una era sencilla, la otra no escatimaba en lujos. Desde las alfombras, hasta la lámpara, pasando por las estanterías, y los sillones, destacando la electrónica. Tan inmersa como estaba en la deslumbrante estancia, no reparó en un principio en el hermoso joven hasta que habló.
-La bella durmiente ha despertado-comento una voz que hizo saltar a Daph.
No era su hermano, porque debía de ser su hermano ya que no le había mentido en lo demás. La voz procedía de un sillón situado en un lado del gran salón. Cuándo se fijó, vio que era Jacob. Su tono había detonado burla y ni siquiera había levantado la vista del libro que sostenía entre ambas manos. Llevaba unos vaqueros y una ceñida camiseta negra de manga corta que se adaptaba a cada uno de sus músculos. Su rostro parecía cincelado y ciertamente era muy hermoso. Bastante más que su hermano. En ese momento recordó que a él parecían irle más las rubias que las morenas y que era un presuntuoso, mejor no cavilar sobre el grado de hermosura que encerraba su inexpresivo rostro.
-Ya creía que tendríamos que llamar a tú “príncipe” para que te despertara con un beso-prosiguió en tono de burla- claro que los sapos no suelen despertar princesas.
A Daph ese comentario no le sentó tan bien y no pudo evitar replicar.
-Qué suerte que en tal tú no pensaras besarme, ¿no crees?
Eso si arrancó una mirada fuera del libro para dirigirla hacia Daph, aunque en seguida fue devuelta a las páginas.
-¿Quién dice qué tú fueras la princesa?
-Desde luego yo no, pero es que supongo que no tenéis a muchas “bellas durmientes” en la casa. Y ahora, podrías decirme donde estoy y donde esta…
-¿Ian?-cortó él.
-¿Tienes por costumbre cortar así a la gente?
-¿Tú tienes por costumbre ser tan grosera?
Jacob había levantado la vista del libro y lo había dejado abandonado a un segundo plano tras doblar la esquina de la hoja por la que iba y al levantarse dejar el libro en el sillón. Ambos se miraban desafiantes, él desde un palmo y medio por encima de ella, lo cual la irritaba pues la hacía sentir bajita y, de alguna forma, en inferioridad.
-Puedo enseñarte mucho más de lo grosera que puedo llegar a ser, si llamas grosera a dejarte mal con verdades.
-¿Qué ves tú de verdad en llamarme sapo?
-Cierto, la verdad es que me he pasado un poco con los pobres sapos.
Ahora Jacob lanzaba una mirada amenazante, pero no conseguía intimidarla ni un poco. De repente recordó que quizá él quizá, más bien probablemente también fuera un vampiro, como Ian, pero eso no la amedrentó. Estaban muy cerca, cada vez más. No sabía porque no se alejaba y salía corriendo en dirección a la salida, pero de alguna forma, se sentía atraída por las circunstancias.
-Deberías callarte-advirtió.
-¿Por qué?-susurró-¿Te mosquea el juego? ¿O la verdad que ahí tras él,… vampiro?
-Ya veo que os lleváis muy bien.
Una voz masculina rompió el silencio en el que se habían sumido, en una especie de reto, ninguno había apartado la mirada y aun seguían sin hacerlo. Y lo más curioso de todo, es que Daphne no sentía miedo. Y supongo que debería, no dejaba de estar hablando con lo que ella bien suponía eran par de un vampiros. Ella era un ser débil e inferior comparado con ellos. O al menos eso suponía. Si de algo sabía era de vampiros, o al menos de su teoría. Y algo en lo que todos los libros que se había leído sobre el tema coincidía era en que todos, absolutamente todos los vampiros tenían fuerza sobre humana.
-No suelo tener por costumbre el comportarme de distinto modo con los acosadores.
Replico al tono sarcástico de su… bueno de Ian.
-No te estaba acosando-se defendió Jacob de la acusación.
-¿No? ¿Y cómo llamas tu a seguirme por el bosque y espiarme?
-Ni te seguí, ni te espié.
Ian veía que aquella conversación se iba a prolongar, así que decidió intervenir, pero Daphne se le adelantó.
-Lo que tú digas-el tono había dejado que no le creía aun, pero dejó el tema para encararle- ¿Y donde se supone que estoy?
-En nuestra casa-comento Jacob.
-¿Quién te ha preguntado?
-¿Y si aparcáis las armas un rato?-terció Ian.
-Estamos en nuestro piso-vio que Daph ya abría la boca para replicar, algo así como seguramente “eso no me da mucha información”-estamos en la ciudad, cuando quieras te puedes ir, pero aun tengo cosas que explicarme, y tienes que jurar que no se lo dirás a nadie.
-Primero piensa esto, ¿quién me iba a creer?
-Te sorprenderías-comento distraídamente Jacob que se había vuelto a sentar en el sillón y retomado su libro.
-Sigo sin saber quién te ha preguntado.
Volvió a cerrar el libro con un golpe seco y encaró a la chica.
-Y yo sigo sin saber qué problema tienes conmigo.
-Chicos, en serio parar ya-cortó Ian antes de que Daph volviera a responder y le acabara mosqueando de verdad.
Cuando por fin rompieron el intercambio de miradas, Daph encaró a Ian, tragó saliva, tenía la sensación de que aquello iba a ser largo y confuso.
-Vale, tengo unas cuantas preguntas, pero antes tengo que llamar a mi padre… a John.
Todavía le parecía imposible todo aquello.


Vio que eran las cinco treinta. Al parecer había dormido un buen rato. Llamó a John pero no se lo cogió, así que le dejó un mensaje diciéndole que se había quedado en la biblioteca estudiando y que llegaría tarde, pero que por supuesto estaría para cenar. Tras eso volvió al salón. Jacob había retomado su lectura en el sillón e Ian la esperaba en el sofá con la tele encendida. Cuando llegó hasta él, apagó la televisión y esperó hasta que se sentara.
-Qué prefieres: preguntar o te cuento.
-Creo que prefiero preguntar primero. No creo que fuera capaz de dejarte hablar seguido-decidió tras meditar.
-Bien, cuando quieras.
-Vale, veamos…¿Somos…soy… soy tu hermana?
-Vamos bien-comentó en un susurro Jacob, lo que le costó una gélida mirada por parte de ambos, más gélida la de ella, más exasperada la de él.
-Sí, eres mi hermana pequeña. Todo lo que sabes en referencia a tu cumpleaños es correcto.
-Bien. Entonces yo también soy un vampiro. Es decir, dijiste que nuestra familia también lo era así que debe de ser hereditario.
-Es toda una lumbreras la chica.
-Jacob, o cierras esa bocaza que tienes en la boca y te piras, pero haz como si no existieras.
-Ian, si no existo no me puedes escuchar, ¿en qué te molesto entonces?
Ian iba a contestar pero Daph le asaltó con una nueva pregunta antes de que pudiera.
-Por favor, por favor de verdad, dime que ese imbécil no es un vampiro.
Jacob levantó la vista del libro y la miró fijamente. Con un tono todo desprovisto de cualquier clase de calidez puntualizó.
-Cariño, aquí no hay ningún imbécil, así que difícilmente puede ese tal imbécil saberse vampiro.
A Daph le estaba poniendo muy nerviosa y creía que en cualquier momento se lanzaría sobre ese presuntuoso de cara bonita y le arrancaría de cuajo la garganta. Unos pensamientos muy poco comunes en ella que sabía controlar su temperamento, al menos exteriormente.
-Supongo que sí lo es.
-Supones bien-confirmó con tono presuntuoso él susodicho-al contrarío que tú, yo si lo soy.
Eso dejo a Daph totalmente descolocada. Se acordó de un libro que había leído en el que la chica para convertirse debía beber la sangre de un humano hasta la muerte, y pensó que no quería matar a nadie, ni siquiera para convertirse en lo que más había deseado cada una de las noche desde que en sus manos calló el primer libro de vampiros que leyó. Ian apenas se había movido tras eso, pero sus ojos se habían oscurecido. No como cuando le crecieron los caninos en el monte, sino de una forma… oscura. Por redundante que suene, tenían un matiz oscuro dentro de la propia oscuridad del color. Daph se quedó paralizada al observar su rostro. No podía apartar la mirada de sus ojos, pero de un modo instintivo supo que sus colmillos en este caso también habían crecido. Pero no voluntariamente. Parecía que estaba haciendo todo lo posible por no abalanzarse sobre el otro vampiro, y se cuestionó y serían tan amigos como en un primer momento pensó. Decidió que no quería ver a nadie arrancarle el cuello a nadie por una tontería como… bueno, ser un capullo. Tragó fuerte por, ¿decimosexta vez en el día? Y se armo de valor para tranquilizar a su hermano. Sin apartar la mirada de sus ojos le dijo.
-Pasa de él. No tenemos mucho tiempo y yo quiero saber mucho. Y además como vuelva a hablar quiero ser yo quien le patee el culo-ya imaginaba que Jacob iba a replicar algo sobre la diferencia de fuerza entre ambos, y seguramente eso aria que Ian se mosqueara un poquito más así que añadió, lanzándole una mirada locuaz- Seguramente le dolerá menos de lo que tú puedas darle, incluso quizá sea yo la que se haga daño, obviamente el golpe de una humana duele menos que el de un vampiro, y aun menos si el vampiro esta cabreado.
Vale, sutil lo que se dijo sutil, no fue. Pero la advertencia quedo latente en el aire.
-Bien, me callaré, pero que conste que podría…
-Sí, lo que tu digas, eres muy capaz, pero mejor shh…- le cortó Daph antes de que la ultima replica de costara que su hermano saltara a su cuello.
Supuso que acabada de cabrear al otro vampiro de esa habitación al mandarle callar con tanta chulería, pero también le acaba de salvar el culo. Más o menos.
-¿Seguimos?
-Claro-dijo Ian ahora más tranquilo y un tanto divertido con su hermana pequeña. No todos contaban con esa maestría para hacer callar a Jacob. Lo que su hermana no sabía era que él no contaba con la fuerza suficiente para hacer daño a Jacob. Bueno daño sí, pero ¿para vencerle? Le costaría dios y ayuda. Mucha ayuda.
-Aclárame eso que aquí, don yo soy perfecto, ha dejado tan claro con eso de que soy pero no soy vampiro.
La verdad es que los humos se habían relajado, e Ian se rio, con su cantarina risa, pero Jacob, digamos que no le sentó muy bien el comentario pero paso de dejar más claro aun que una humana, por más sangre vampira que tuviera le enfadaba tanto.
-Eres pero a la vez no eras un vampiro. No nacemos directamente vampiros. Es algo que se va desarrollando con los años. Es como convertirse en adulto pero con más cambios. No sé si me explico. Digamos, que llega un punto en el que el cuerpo empieza a cambiar y…
-Para explicarlo de forma más sencilla, al nacer, si tenemos herencia vampírica en el A.D.N. Se desarrolla llegado un punto en el cuerpo, digamos humano, con el que nacemos, cambia para convertirse en vampiro, y entonces, nos convertirnos en seres inmortales que necesitan sangre ajena para sobrevivir. Eso en nuestra raza obviamente.
Jacob ciertamente sabía explicarse mejor que Ian.
-¿Y tú cuántos años tienes?-pregunto curiosa Daph.
-No creo que eso sea relevante para entender nada. Al contrario que si lo es la pregunta de cuándo nos desarrollamos convirtiéndonos en vampiros. Mucho más incúmbete ciertamente.
-En tal caso, ¿cuándo no convertimos en vampiros?
Casi temía la respuesta cuando abandono sus labios. Pero no se había podido resistir.
-Depende de la persona-contesto Jacob.
-¡Oh! Qué respuesta tan concreta.
-La verdad es que es la respuesta más acertada-comento Ian.
-Bien vale, pues ¿cuándo te convertiste tú?-preguntó a Ian.
-No es tan sencillo como eso.
-Ian, explícaselo bien, sino no se enterará de nada.
-¿Y por qué no se lo explicas tú? Parece que se te da muy bien.
Se mantuvieron la mirada sin pestañear sin decir nada. Jacob parecía querer librarse de tener que explicar nada a nadie.
-Lo imaginaba-dijo Ian.
Se proponía seguir hablando cuando él le cortó.
-Como decía tu hermano, no es tan sencillo-comenzó Jacob, retando a Ian- pero tiene una explicación. Varía depende de la persona y muchas veces también de si es un chico o una chica. La transformación, por llamarla de alguna manera, siempre suele producirse después de los quince si es, muy, exageradamente muy acelerada. No es común, pero ha sucedido. La más tardía y en un solo y excepcional caso fue en un varón de cuarenta años. Pero lo normal es que se produzca entre los diecisiete, dieciocho y veintitantos. Aunque los treinta no deja de ser algo… no exactamente común, pero no extraño.
-¿Y qué rige la pauta?-preguntó intrigada Daphne.
-Nadie lo sabe con certeza. El proceso puede adelantarse si el futuro vampiro está en contacto con una gran cantidad de sangre. Por ejemplo en un accidente. Si ocurriera un accidente y el sujeto estuviera herido y débil, sus sentidos se aguzarían, y si hubiera sangre, lo más común es que el proceso se adelantara de forma que el cuerpo pudiera curarse y regenerarse, salvándose.
“Pero el proceso también se puede retrasar, por ejemplo, nutriendo en exceso el cuerpo, de manera que no necesita los nutrientes de el cuerpo de un vampiro reclama con la sangre.
“De cualquier forma, cuando se vive rodeado de vampiros, el proceso, digamos que como que se normaliza de alguna manera. A veces el proceso se adelanta como medio de defensa, podrás observar que los vampiros más antiguos, suelen ser los de apariencia más joven.
“Todo depende de las condiciones de vida de la persona. La época cambia las condiciones. Vivir entre humanos cambia las condiciones. Luchar contra ello, cambia las condiciones. Solo puedes tener la certeza de una cosa, por mucho que una persona luche contra ello, en nuestra raza solo encuentra dos soluciones: convertirse en un hijo de la noche… o quitarse la vida.

martes, 23 de marzo de 2010

Capitulo 8

Al final, no habló de nada con John. Se disculpó por cómo le había contestado y se fue a dormir. En cuanto se metió bajo el edredón, entre sus mullidos almohadones, se abrazó a su peluche y así se durmió de nuevo esperando que todo fuera un sueño. Pero como siempre, no lo era. Sin embargo, aquel día llegarían las respuestas a sus preguntas, al menos a muchas de ellas. No sabía cómo aguantaría el instituto. Necesitaba ver a Ian ya. La verdad es que le daba un poco de vergüenza que le hubiera visto llorar, sobretodo porque aparentemente no tenía motivos. Pero eso daba igual. Se levantó, se vistió y desayunó. La verdad es que desayunó mucho más de lo normal. Aunque claro, la noche anterior no había cenado. Cuando llegó al instituto, estuvo evitando un "poco" a sus amigos, hasta que en el recreo no tuvo más remedio que verlos, e intentó hacer como si nada.
-Daph, vas a contarnos ahora mismo que pasó en fiesta. Al menos a mi-sentenció Sophie en cuanto la vio.
-Oh, como no. Qué más dará Mark.
-Mmm, no pasó nada en especial. Simplemente quise irme, y no os encontraba, así que me fui- era técnicamente cierto.
-Ya claro, y yo voy y me lo creo.
¿Qué hacer?¡Dios! Sería más fácil la maldita pregunta de "Ser o no ser, esa es la cuestión". Estoy divagando. -.-´
-Mmm... Haber. ¿Queréis saber la verdad, toda la verdad y nada más que la verdad?-espero a que ambos asintieran, y soltó de carrerilla...-Me lié, un poco, y solo un poco con un tal Sam, del cual no se nada excepto que besa muy bien.
Ante la mirada atónita de sus amigos preguntó con una exclamación incomoda.
-¿Qué?
-¿Qué hiciste qué?
Quizá hubiera sido más sencillo la parte del hermano.
-Si... después conocí a mi hermano -¡mierda!! ¿De verdad se le había escapado ese último detalle?
-¿Conocer a quién? -preguntó Sophie al mismo tiempo que Mark preguntaba- ¿Tu QUÉ?
O quizá debería haber seguido con lo de saltarse todo lo que pasó aquella noche y acababa antes y sin ese dolor de oídos por los gritos de sus amigos.
-Sí, ¿qué? Tengo un hermano- ante la mirada atónita de sus amigos volvió a murmurar para ella misma-tengo un hermano.
Aun no se lo creía.




Otro día más de instituto y todo igual. Por fin tocó la campana y todos salieron corriendo. Daph no creía que hubiera aguantado un solo segundo más. No sabía cuando volvería a ver a Ian. Vale, le había dicho que aquel día, pero un día es muy largo, y más cuando se espera algo y no hay nada que te distraiga. Así que cuando vio a Ian apoyado en un flamante Porche negro, tan guapo como un oscuro príncipe, con su cazadora de cuero y sus negras gafas de sol, casi no cabía en si de alegría y pensó que se desmayaría de puro alivio. Claro que a su alrededor parecía que todas las chicas se desmayarían, claro está por otros motivos distintos. Se ha quedado con todos los genes buenos, pensó. Se acercó a él prácticamente arrastrando a Sophie, quien seguía embobada mirándole. Cuando llegó a su lado tuvo el impulso de abrazarlo y darle un beso en la mejilla. Eran el centro de atención, lo que normalmente hubiera puesto nerviosa a Daph, pero tal era su alivio por ver allí a su hermano que no se dio cuenta. Al separarse pensó que quizá había sido un poco bastante efusiva.
-Perdón- dijo tímida ahora.
-Tranquila, me as ahorrado la iniciativa-bromeó con una gran sonrisa.
Cuando el silencio se instauro, se percato de que Sophie seguía atontada mirándole, y él no pudo aguantar una pequeña carcajada. Lo que arranco un suspiro a las que le seguían contemplando.
-¡Oh! Eh...Ian esta es Sophie, Sophie, este es Ian-se estrecharon la mano- mi...Hermano.
Eso la saco totalmente del aturdimiento. Sus ojos se agrandaron y su expresión denotaba una gran perplejidad.
-¿Ian?¿El tío bueno?-bien, cuando eso abandonó sus labios, sucedieran dos cosas. Una, la ceja de Ian salió disparada para arriba formando una delicada curva; dos, ambas chicas enrojecieron- ¿He dicho eso en voz alta?
-Sí Ian, mi hermano, al que tú llamabas tío bueno-puso especial énfasis en hermano y tú.
Después llegó Mark con cara de no entender para nada la situación.
-Eh... hola.
-Hola-dijo Daph-este es Ian, mi hermano.
-Encan...¿perdón?
-Si os lo dije antes-se quejó Daphne.
-Si bueno, demasiado que asimilar, todavía estoy un poco perdido con lo del Sam ese-con su mención, Daph ocultó un poco la cara e Ian emitió una especie de gruñido gutural.
-Ese hijo de...
-Eh!-cortó Daph- acabamos de conocernos, no vayas de macho protector.
-Soy tu hermano.
-Exactamente, mi hermano, ya. No vayas por la vida en plan "nádíe besa a mi hermana". Eso lo decido yo. Y porque me bese con un tío no tiene porque ser un cabrón.
-Un tío pero...Tienes quince años.
-Casi dieciséis, y me besaré con quien quiera.
Ian lanzó una mirada cargada de sarcasmo.
-Mientras solo sea un beso...
Daphne enrojeció. En parte de rabia, en parte de vergüenza.
-¿Qué insinúas?
-¿Insinuar? Nada. Pero lo del otro día tenía de inocente lo que yo de cura.
Ante la atónita y perdida mirada de sus amigos Daph enrojeció aun más, afortunadamente solo las mejillas, aunque la verdad, parecía que se le había caído la polvera en la cara. Sus amigos observaban la discusión como si de un partido de tenis se tratase, solo faltaba ver quien ganaría el punto.
-Lo que quiere decir que tú eres aun menos inocente.
-No lo niegas-replicó él.
-Tú tampoco-le miró desafiante-aunque da igual, porque no pasó nada.
-Porque os separamos.
-¿Os?-preguntó Mark.
-¿Separarles?-Preguntó simultáneamente Sophie.
-Sí, aquí el metomentodo y su amiguito el acosador nos separaron.
-¿Por qué no dejamos de discutir?-propuso Ian- Hay mucho que explicar y tú tienes mucho que entender.
Ambos se miraron retándose a seguir discutiendo, ninguno apartó la vista, y apesar de que Daphne quería replicar, decidió que necesitaba entender algo de su ahora caótica vida.
-Claro, ¿venís?
-Daph-cortó toda posible contestación Ian- a solas.
-Pero...
-Daphne, es normal. Luego hablamos-le dio un beso- Te quiero.
-Ciau.
-Ciau.
Observó cómo se marchaban en silencio. La multitud de admiradoras se había ido dispersando, ya quedaba poca gente en el aparcamiento. Algunos rezagados admiraban aun el coche de Ian, al fin y al cabo no dejaba de ser un Porche y ese pueblo, era un pueblo en el que, por decirlo de alguna manera, ese nivel no se alcanzaba. Solo era un pueblo, una pequeña ciudad rodeada de campo, con sus centros comerciales, sus restaurantes, su ocio… pero sin Porches. Cuando perdió de vista a sus amigos se giró, y se quedó observando a su hermano. Parecía algo mayor que ella, era más alto. Sus ojos verdes y a pesar de ser su hermano, admitía que era muy guapo, increíblemente apuesto, y tenían el mismo pelo azabache. Apoyado en el coche, relajado pero a la vez listo para atacar le recordó a la descripción del chico de uno de tantos de sus libros, con la excepción de que en sus libros no sería su hermano… más bien su fututo amor.
Echemos un poco de claridad al asunto, pensó.
Ian pasó por su lado y le abrió la puerta del copiloto. Después de acomodarse y ponerse el cinturón, Ian ya estaba en su asiento.
-Y ahora, ¿qué?
Entonces arrancó.




Salieron del coche. La había llevado a lo alto del monte. Desde allí se veía toda la ciudad de fondo, después de la capad árboles que era el bosque. Habían aparcado en el pequeño parking del mirador. Había una baranda de madera formada por dos finos y pulidos troncos de madera. Ian se sentó en el primero y apoyaba de forma casual los brazos en la segunda. No habló inmediatamente después de que Daph tomara asiento en una torpe entitativa de él. Simplemente se quedó callado, contemplando algo sin ver nada. Y ella no le presionó. Le llevó la vida en ello, pero pensó que para él debía de ser duro también. No obstante cuando por fin habló, pensó que una décima de segundo más y hubiera gritado, pataleado, clamado por una explicación.
-Lo que te voy a decir, es muy difícil de entender. Sé que no me creas, no se lo puedes contar a nadie bajo ningún concepto. Nunca. Jamás. Me gustaría contártelo poco a poco y darte tiempo para entender, pero tengo que contarte toda la historia. Jura que no dirás nada.
- ¿Por qué?
-Primero júralo. Confía en mí, lo entenderás todo.
-Apenas te conozco- esto fue recibido con una mueca un tanto desesperada- pero tú dices conocerme, y al parecer sabes más de mi y mi vida que yo. Si puedes creer en mi juramento, cree en que sepa hacer lo correcto cuando sepa mi historia.
Una fugaz y amarga sonrisa surcó su rostro, acompañada de lo que bien podría ser una amarga y efímera risa o un resoplido.
-Tienes la misma labia que nuestro padre.
-¿Tenemos padre?-preguntó sorprendida.
-Sí, claro-contestó él a la vez mas perplejo- hace falta una madre y un padre para…
-Ya se eso, no creo en la cigüeña, -cortó exasperada- quiero decir… sigue…¿vivo?
-¿Pensabas que había fallecido?
-¡Claro que lo pensaba! ¿También tengo una madre?- preguntó gritando. Él no contestó, pero su mirada le dejo claro lo que las palabras no. Tenía una madre… y un padre… y un incompetente hermano que no entendía nada. Que no entendía el dichoso hecho de que le doliera el que hubiera venido él, y sus padres. El dolor de darse cuenta de que la habían abandonado y ni siquiera luchaban por volver a verla. Claro que al parecer a él no le habían abandonado. Con los ojos anegados de lágrimas acusó.
-Me abandonaron-al parecer con esa declaración, Ian lo entendió, entendió el motivo que inundaba sus pupilas-me abandonaron y ahora en vez de estar ellos aquí, estas tú.
-Daphne, por favor, déjame explicártelo.
-¡Explicar qué!-gritó. ¿Qué coño hay que explicar? Me abandonaron. Gritaba para ella misma en su cabeza.
Ian la abrazó y ella lloró con sus fuertes brazos rodeándola y la cara enterrada en su pecho. Sus padres la habían abandonado, solo eso sonaba en su cabeza, resonaba una y otra vez como un mantra imposible de acallar. No entendía porque le dolía tanto, al fin y al cabo eran unos desconocidos, pero le dolía, en lo más profundo de su ser, sentía un cuchillo clavándose una y otra vez en su sangrante corazón.
-No te abandonaron, pequeña, jamás harían eso, ellos te amaban, te quieren con todo su corazón. No, no te abandonaron Daph, te perdieron… el día que te secuestraron.
El mantra cesó junto con las lágrimas, salió del muro que formaban sus brazos y le encaró.
-¿Qué?
-¿Dejaras ahora que te cuente toda la historia?
La respuesta tardó.
-Primero dime porque tú y no ellos.
Le acarició la mejilla y empezó con la historia.


-En un principio nuestra familia vivía en Grecia, hace mucho tiempo, allá por cuando aun vivían los sabios de la antigüedad. Con el tiempo en la edad media, vivimos por escocía y luchamos grandes batallas. Nunca fuimos fáciles ni dóciles, allá donde había algo por lo que luchar, algo que de verdad fuera justo o un avance para el hombre, allá íbamos. Estuvimos en Italia en la época del renacimiento, y al cabo de un tiempo, nos fuimos a España. Estuvimos por todo el país, pero lo que más nos gustó fue el norte. Sobre todo la parte de Asturias y Galicia. Campo y mar juntos, océano y bosque. Si algo tiene el hombre es que suele tomar tanto del medio que lo deja pobre. Y eso es algo que no soportamos. Nos gusta los verdaderos paisajes, la vegetación exuberante. Así que allí se aposentó nuestra acaudalada familia.


-Nada de eso contesta mi pregunta-protestó Daph, pero Ian no la escuchó.


-Con la revolución francesa nuestra abuela temió que el caos se extendiera hasta España. Hay una cosa que la gente no piensa y eso ¿por qué la guillotina? Porque es una forma de matar, de la que nadie vuelve. Supongo que pensaras, que tontería, nadie vuelve de la muerte, sea de la guillotina, o un ahorcamiento, la muerte es el fin. Pero te equivocas, de hecho la muerte, a veces representa el comienzo.
“Así que nuestra abuela, impulsada por el miedo decidió viajar a América. Se pasó recorriendo el continente largo tiempo, además sola. Sus padres no habían querido acompañarla, no porque fueran mayores, simplemente estaban seguros de que no les pasarían nada. Bien dice la gente que el diablo más sabe por viejo que por diablo, y ellos… en fin son ellos. Hay quien les atribuiría ambas condiciones. Pero ese no es el caso.
-Ian, no entiendo nada.


-Y en el nuevo continente Marta Filnet, nuestra querida abuela, conoció a Jaison Satt después de años buscando el hogar, lo encontró en Oregón. Con aquel bruto ricachón, que al final acabó teniendo un gran corazón. A pesar de lo que en un principio pensaban tenían más en común de lo que hubieran imaginado jamás. Después de casarse ella tomo su apellido, pero a los dos únicos hijos que sobrevivieron no los pusieron Scatt. Bueno, al menos no a los dos. El primero fue nuestro tío Kevin, Kevin Scatt. Luego va nuestra madre, Eballenlin Filnet. Siempre que se presentan por sus nombres han de aclarar que son hermanos, aunque para algunos ya es conocido aquel jaleo que hubo con los apellidos. Nunca entenderá porque simplemente no los unen, pero esa idea a la abuela la horroriza.
“Kevin aun sigue soltero. Le va el rollo de solitario mujeriego. Y, sinceramente, creo que solo se permite ser cariñoso con nuestra madre, su adorable hermana pequeña, y conmigo.
"Nuestra madre por el contrario se caso con Ian Hudson. Me pusieron el nombre por él. Cuando tu naciste quisieron ponerte el nombre de mamá. Recuerdo que con ocho años le dije algo así como que no pretendiesen hacer en nosotros sus copias, y aunque en un principio el comentario fue recibido con sus melodiosas risas, me hicieron caso, y solo tomaron su apellido. Filnet… Elisabeth Filnet.


-¿Elisabeth? No…no entiendo nada. Tú hablas de nuestra abuela, pero la revolución francesa fue en el siglo XVIII. Además, no es posible que nos llevemos 8 años, casi tengo dieciséis y tú no aparentas más de dieciocho. Y explícame de una vez porque no están ellos aquí.
-Elisabeth…
-Me llamo Daphne-cortó.
-Daphne. No sé cómo decir todo lo que tengo que decir. Ellos no están aquí porque… porque llevan buscándote mucho tiempo sin conseguir nada, y a cada año mamá empeoraba. Así que papá me dio toda la investigación y me pidió que te llevase a casa.
-¿Y si no quiero ir?
-¿No quieres conocer a tus padres?
-No se… lo que sí sé, es que no quiero abandonar a mi familia.
-Jamás te pediríamos eso, pero tengo que contarte toda la historia. Hay mucho que necesitas saber, hay muchas cosas que desconoces. Sé que me tomaras por loco, pero todo lo puedo demostrar.
-¿Pues a qué esperas?
No contestó. Se quedó contemplo el horizonte con la mirada perdida como ordenando sus pensamientos, la continuación de la historia. La miro durante unos segundos.
-Te pareces mucho a mamá-después volvió la vista al bosque y prosiguió- En nuestra familia, como en otras tantas, se esconde un secreto. Es un secreto oscuro, que jamás podrá salir a la luz y debemos proteger con la vida. No somos los únicos con secretos y los hay con el mismo secreto, los hay similares.
“Cuando he hablado de nuestra abuela he hablado de la revolución francesa cierto. Marta por esa época ya vivía y aun vive-miro de reojo a Daph para ver su reacción, y al no ver ninguno más que el constante fruncimiento de ceño, continuo- Como ya he dicho antes, la decapitación se puso de moda por más de un motivo. Uno de ellos, que el Vampyr no se levante. La guillotina nos mata absolutamente a todos, siempre que se consiga separar la cabeza correctamente. No me interrumpas ahora.
“Te abras fijado en que digo “nosotros” o “los nuestros”. Somos una especie. Los hijos de la noche. Vampiros.


Daphne no se lo podía creer. Ser un vampiro era su sueño, pero no era más que eso, ¡un sueño! Una ilusión, solo imaginaciones…
Estaba loco, seguramente no fuera ni su hermano. Al fin y al cabo no le había dado ninguna prueba. Ella le había creído por una extraña corazonada que le decía que era verdad. De repente pensó que no había sido muy buena idea el venir a un lugar tan aislado. Si gritaba no la oirían y además nadie sabía dónde estaba. Lenta, muy lentamente se alejo un poco de él. Y luego pensó ¿De qué me van a servir unos escasos centímetros a lo sumo? Él tiene las llaves del coche y seguramente sea mucho más fuerte que yo. En su pecho crecía una especie de angustia mientras buscaba todas las vías de escape. Cuando Ian habló, se sobresalto de tal forma que pegó un bote y cayó al suelo.
-Eliza…Daphne, de verdad, no te asustes. Es verdad, te lo puedo demostrar, pero no te asustes. No me tomes por un pirado por favor-sus ojos suplicaban, y por algún extraño motivo Daph se tranquilizó un poco. Pero no había perdido el sentido común del todo.
-Dame las llaves del coche-ordeno con voz trémula.
-¿Qué?
-Las llaves del coche. ¡Ya!-le entrego las llaves… ya un poco más tranquila preguntó- ¿Cómo pretendes demostrar que todo lo que has dicho es verdad?
-Pues obviamente ahora no lo puedo demostrar todo-Daph le dirigió una escéptica mirada- puedo demostrarlo. Pero ahora solo puedo demostrar la parte en la que soy un vampiro. ¿Te valdrá con eso? ¿Y se puede saber qué diablos piensas hacer con las llaves del coche si no tienes carne?
-Que no tenga carne no significa que no sepa conducir-le espetó como si fuera lo más lógico del mundo- Pero no te desvíes, ¿cómo piensas demostrarlo?
-No permitiré que nadie se ponga al volante de mi coche sin que le hayan dado el carne.
-Me da igual eso. O me lo demuestras ya, bien lejos de mi cuello, o vas a ver cómo me pongo al volante de esa preciosidad.
-No me amenaces.
-Pues querido hermano, demuéstramelo ya.
Ambos tonos eran amenazadores, si era verdad que él era un vampiro, ella debería estar asustada, podríaacabar con su mida antes de que se diera cuenta siquiera. Claro, que supuestamente ella también lo era. No bebía sangre… mil pensamientos como eso surcaban la mente de Daphne.
-Bien, cómo demostrartelo. Nuestra raza.
-¿Raza?-cortó Daph sorprendida.
-¿Me cortaras a cada paso que dé? Si, raza. Te lo dije somos una especie. Y esa especie tiene razas. También tenemos una jerarquía, y dentro de cada raza, la jerarquía varía. También hay razas… por decirlo de alguna manera, superiores a otras. Más fuertes, más agiles, más veloces, más territoriales. La nuestra no se encuentra precisamente abajo. ¿Quieres nombre o los dejamos para otro memento?
La respuesta tardo en llegar. Daphne parecía no digerir muy bien toda esta información.
-Abreviado. Y dame pruebas, no solo palabras.


-Sí, señor. Veamos… son razas. Pero no se diferencian como en los humanos. No nos diferenciamos por rasgos físicos como el pelo, tono de piel, forma de ojos, rasgos. Sino por características como… Que nos mata-aquellas palabras en su boca, resonaron con demasiada normalidad- Nos diferenciamos por las condiciones en las que vivimos. Las condiciones de las que vivimos. Sí, todos los vampiros nos alimentemos de sangre. Pero algunos de la de animales, otro de las de persona. Al igual que unos pueden beber de ambas, otros solo pueden beber de una. Otras razas solo se nutren con la de la misma especie, al menos solo se nutren en condiciones. Existe la opción de que en algunas razas se alimenten de otras razas vampíricas. Ya te dije que era muy largo. Si quiere la versión abreviada solo te explicaré sobre la nuestra hoy, únicamente la nuestra. Pero antes de eso, además de vampiros, hay otras especies sobrenaturales.
Tras esto paró. Debía dar tiempo a Daph para que lo entendiera. Al menos para que lo procesara. Era algo complejo y complicado. Algo que la mente se empeñaba en escupir de la mente una y otra vez. Y si no tienes la información ¿qué vas a procesar? Al cabo de un tiempo Daph lo asimiló. Por lo menos, un poco.
-Bien… otras especies, otras razas-suspiro- primero dame alguna prueba de... bueno, de nuestra raza, y después me explicas sobre ella. Si es que de verdad tienes alguna prueba.
-Claro que tengo. Soy una prueba andante.
-Yo te veo bastante normal-replico.
Ian le lanzó una mirada altiva. Le tendió una mano, pues aun seguía en el suelo, no se había movido de la postura en la que calló. Aferraba las llaves en unamano, lista para salir corriendo.
-Haber. Como imaginaras, no nos desintegramos al sol, los colmillos nos crecen al comer, en seguida te lo muestro- ante la horrorizada mirada de Daph al imaginarse a Ian hundiendo los caninos en algún ser vivo, el susodicho añadió-¡No! No me voy a comer a nadie, me refería que ahora te enseñaba los colmillos alargados.


Se quedo a la espera de la reacción de Daph, que solo fue tragar estrepitosamente y retroceder un poco. Ian suspiró y siguió.
-Los ojos… no nos cambian de color exactamente. Pero si te fijas nunca tenemos ojos muy normales. Mi verde es inusual, tu azul violáceo, es extraordinariamente bello y nada común. Los de Jacob son prácticamente negros.Nos cambian por el estado de ánimo. No cambian… se oscurecen, o aclarar, digamos que cambian de matiz. Eso no te lo puedo demostrar, pero como veo que ya me los vas a pedir te mostraré los colmillos.


Y era cierto, Daph ya abría la boca para pedir que le diera pruebas. Entonces, Ian abría la boca le enseña los colmillos. Aparentemente normales, comunes. No más largos que ningún otro que hubiera visto, bueno, quizá un poco, pero poco. Lo que si era, era una brillante dentadura blanca, que ante su asombrada cara, empezó a cambiar, poco a poco los colmillos se fueron afilando y alargando, la encías parecían contraerse, pero eso no era en algo en lo que Daph se fijara mucho se estaba quedando asombrada. No solamente le estaban creciendo esos, los de al lado aumentaron también, no tanto como los primeros que por lo menos habían ganado medio centímetro si no uno entero, pero si aumentaron algo. Cuando le miró a los ojos, vio que se habían oscurecido. Ya no eran de ese precioso verde. Sino de uno mucho más oscuro. Parecían amenazantes, pero a la vez atrayentes, hipnotizantes .
-Cuando se alargan los colmillos todos nuestros sentidos aumentan, se incrementan. No tengas miedo. Y no lo niegues, los huelo desde aquí-su voz ahora era un poco ronca, gutural.
Daphne no se lo podía creer. Tenía delante de sus ojos un vampiro, un vampiro de carne y hueso. Se acerco a ella, un poco, pero ella no podía echarse atrás aunque quería. Estaba paralizada. Ahora entendía aquello de “ten cuidado con lo que desees, porque puede que se haga realidad”. No, no podía ser. Los vampiros no existían. Era algo de libros. Ficción. Pero hay tenía la prueba. Estaba muy nerviosa. Y él no hacía más que acercase a ella. Respira, ser recordó a sí misma.
-No me muerdas- susurró con un hilo de voz, y entonces cayó inerte entres sus brazos.